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…un intento para registrar lo que acontece en la trastienda…

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El tiempo de la montaña

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Circunstancias nada importantes de la vida me han llevado hoy hasta la montaña. Dejé mi coche en la última lengua de asfalto y hace ya horas que sólo me acompaña la hierba, el rumor de la corriente que supera el collado y la irreverente protesta de las cornejas cuando las espanto.

Hoy vivo, pues, una realidad diferente y estanca a las escenas habituales de formularios, vecinos y empujones. Por ejemplo, puedo permitirme el lujo de emplear media hora de mi tiempo — según las unidades convencionales del tiempo de ciudad — para decidirme en una bifurcación de dos carriles. Miro mapas, oteo señales, busco referencias y marco localizaciones. Así que mientras en este mundo me paso un buen rato, en el otro, justo en el cruce del semáforo de Ronda Norte con la Plaza Circular, el disco color rojo se habrá encendido 60 veces — dos por minuto — atrapando a 1200 conductores.

Resulta pues, curioso, la gran carga de exasperación que pueden caber en mis 30 minutos — medidos en las unidades de tiempo de ciudad, por supuesto — que aquí en la montaña apenas transcurrieron. Todo un universo se estresa mientras puedo permitirme el lujo de pensar sin ser atropellado por el coche que espera detrás.

El caso es que no sé por qué estoy pensando estas cosas. Me encuentro con un buen prado y unos tornajos donde paro para comerme el bocadillo sobre la hierba. Cuesta trabajo masticar este jamón tan duro pero no hay problema: me entretengo adivinando nombres de collados y cortijos a la vez que marco rumbos imaginarios en el mapa que los investigo con los ojos. Si tuviera prisas para entrar a una reunión este bocadillo habría acabado conmigo: un trozo de tendón se me habría atravesado en la garganta hasta dejarme sin aire.

Pero no es éste el día para dejar de respirar; al contrario, precisamente hoy puedo recrearme en masticar sin agobios, en saborear el bote de cerveza, en reclinarme sobre mi mochila relajando los riñones, todo eso mientras en la autovía de ronda oeste soportan otro atasco y las cajeras del supermercado se han quedado sin cambio precisamente cuando la cola era más larga.

Lo más seguro es que mientras recojo mis cosas y apaño las sobras en un pocete para que hagan buena cuenta de ella los zorros y los pájaros se hayan cerrado muchos negocios importantes en las mesas mejor posicionadas de los restaurantes del centro. Sí, seguramente sea así. Y de esta forma, mientras que la gente que organiza las cosas del mundo pasan a los cafés y los puros yo debo continuar mi camino entre el barro y las piedras.

Antes de continuar miro fijamente las flores nuevas del prado y me vienen a la cabeza todas las imágenes de esta Sierra con sus sendas de piedra, las eras imposibles expuestas a los vientos, la vaca despistada que se duerme en los puertos y el cortijo deshabitado a punto de caerse. Todas estas cosas son las que me hacen pensar en cómo de diferente es aquí el tiempo en relación al tiempo de los relojes caros, los horarios densos repletos de eventos decisivos, los informes cargados de papeles y los estándares que fijan las normas ISO para alcanzar las garantías de calidad.

No quiero que penséis que soy un ingenuo mientras escribo estas líneas; que esto es la típica defensa del campo frente a la ciudad. ¡Qué va! Tengo claro que cuesta un trabajo casi infinito abrir surcos en estos eriales de piedra cuyos pobladores jamás conocieron el trigo porque únicamente podían sembrar centeno. Eso no podía ser del todo bueno. Como tampoco era sencillo vivir en este lado de acá, con el horizonte cerrado por la nieve, ocultos en las venas de la montaña y a la vez expuestos a la miseria y el invierno. No podía ser bueno tener que parir en estas soledades y sufrir enfermedades alejados de cualquier médico. Otro mundo. Otro tiempo. Otra velocidad.

Y aún así, no puedo evitar la comparación, calibrar la diferencia, observar cómo en este mundo de la montaña sus moradores eran maestros en economía solar, en el reciclaje, en la eficiencia, en el aprovechamiento, cualidades imprescindibles que hemos olvidado en el mundo del asfalto en el que reina el dispendio, la gruesa contabilidad y la noción controvertida de progreso, idea que se sostiene incluso aunque vivamos en crecimiento negativo.

Mientras converso con el pastor de la Asperilla ambos nos miramos atentamente. Él sopesa mis preguntas y quizás me tome por un loco de ciudad, de esos que necesitan escaparse de vez en cuando. Posiblemente esté en lo cierto. Además sabe que yo hoy vuelvo al mundo de los altos edificios y los cielos sin estrellas, al ámbito de las redes inalámbricas y las tarjetas de crédito mientras que a él le espera el canto del autillo y el jergón junto a la lumbre. Quizás se levante de madrugada porque por fin regresa la vaca que se le subió a la divisoria.

Este pastor que me mira de reojo ignora que aprecio su tiempo lento de lisa cronología y conoce que ambos mundos generan tristezas y disfunciones. Nada tiene que envidiarme pues. De nada tengo yo que compadecerle pues.

La luz está cerrándose tras la Cabrilla y camino del embalse de San Clemente me cruzo con tres abuelas. Está refrescando, los ventisqueros se ponen más blancos al contraluz del atardecer y las corrientes descienden por las vaguadas trayendo consigo el aliento de las nieves. Les digo buenas tardes y ellas me contestan amables. Y me siguen el paso mientras negocio las últimas cuestas.

Si ellas no miran su tiempo quizás yo deba empezar a aprender a no estar tan atento al mío. Quizás sólo deba apreciar que la noche cae y que debo buscarme pronto el cobijo del frío. Que así sea.

Escrito por Jose

29 de Abril, 2010 a las 10:32 am

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Mejor no confiarse…

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Habían sido tantos años luchando contra el enemigo, tantos recuerdos, manifestaciones, denuncias y reuniones para elaborar estrategias que ahora, desde la perspectiva de la victoria, le parecían muescas en el revólver, cicatrices cerradas que, orgulloso, podría mostrar a sus descendientes: “yo estuve ahí encadenado para que no levantaran la central” o “de esta roca me colgué con la pancarta para que no abrieran la carretera por el valle”.

Estos pensamientos le venían normalmente al atardecer, en esa pausa que hacen los cielos justo antes de que el sol se fuera metiendo tras el collado Bermejo de Sierra Espuña. Paseaba tranquilo junto a su golden por una de las zonas parceladas que había al lado de casa. Recorría con calma las calles vacías de uno de los muchos planes parciales destinados a ser una nueva urbanización y que ahora dormían el sueño de los justos.

La inmobiliaria se vino abajo

La inmobiliaria se vino abajo

Era un hombre afortunado pues con la ruptura de la burbuja había heredado un lustroso patrimonio: un mundo de jardines, bancos, columpios y pequeños naranjos para pasear en paz, aceras vírgenes y relucientes, parques solitarios, vallados que protegían solares con apenas tres matojos y césped que jamás holló pisada alguna, ni de perro ni de persona.

Aquella tarde soplaba con violencia el Poniente. Se arrebujó la chaqueta y continuó reflexionando sobre la victoria. Miró con desdén uno de los enormes carteles que anunciaba pretencioso: “su vivienda de lujo en una zona inmejorable”. Sonrió bajo el cuello de la chaqueta y entrecerró los ojos para evitar el polvillo que una fuerte racha levantaba.

Finalmente se dio la vuelta y de espaldas al viento comenzó el regreso a casa. De repente, un crujido de metales que se destemplan, un gemido del hormigón que se desgarra y en un segundo se apagó todo. El golden que estaba suelto — su mujer le regañaba por no atarlo siempre, “algún día tendremos un disgusto…” — esquivó la chapa y ahora tras el estruendo se acurrucaba gimiendo y asustado. Se aproximó al amasijo de hierros y comenzó a lamer la mano de su dueño. Continuó saboreando el regusto amargo de la victoria mientras el logo de la empresa constructora, impreso en una plancha de doscientos kilos, aplastaba el pecho de quien le alimentaba.

Escrito por Jose

14 de Noviembre, 2009 a las 7:28 pm

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Nocturno

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Te despiertas y apartas las mantas para que el sudor se seque. Las lamas de la persiana dejan entrar la luz mortecina de la noche, débil frecuencia artificial de una farola estropeada — aún así es capaz de contaminar la luz de las estrellas.

Has echado pie a tierra. Notas el frío del terrazo mientras tientas el suelo con la punta de los dedos a la búsqueda de una zapatilla esquiva y despistada. Sí, es la misma que arrojaste en la penumbra mientras mirabas con hambre el cuerpo desnudo de quien te acompaña.

Quien te acompaña duerme, respira, descansa e ignora la inquietud de tus pasos que te dirigen al baño. Con mano vacilante encuentras la llave de la luz pero, en un último gesto, prefieres quedarte a oscuras mientras tomas asiento en la taza.

Intentas adivinar las formas de tu sueño, la cara de los personajes, las aristas de una historia que se te antoja — ahora — absurda y lejana. Concentras tu pensamiento en el silencio profundo de la madrugada y vuelves a cerrar los ojos apretando con fuerza los párpados para tan solo entrever un fulgor difuso y tenue de lo que antes deslumbraba.

Definitivamente has perdido esa historia. Y, aunque sigues buceando entre los ecos de lo soñado, aceptas que te será imposible asir la levedad del tiempo.

Cuando regresas junto a la mesilla tu pie despistado, en un gesto automático, vuelve a arrojar la zapatilla muy debajo de la cama. Enroscas tu cuerpo entre las sábanas y notas como todo vuelve a su orden, imperceptible, pero inexorable.

Finalmente, notas su mano en la cadera y ese contacto tan primero, tan carnívoro, acaba por desmontar definitivamente los pocos restos sólidos del andamiaje de aquel último sueño.

Ya estás dispuesto para el siguiente.

Escrito por Jose

18 de Noviembre, 2008 a las 7:13 pm

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Pijama de rayas

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Con ojos húmedos y el rostro hacia el extremo izquierdo de la sala contempló los créditos de la película. Nada más resolverse el nudo habían encendido las luces dejando al descubierto las emociones íntimas del público, una suerte de cuerpos desnudos y vulnerables a la mirada de los otros.

Y es que en los cines modernos es difícil estar a solas uno mismo con su temblor. Enseguida lo vuelcan a uno de la sala. No en vano, el cine es una industria más que procesa espectadores en sesiones ajustadas para aumentar los márgenes. Desalojan rápido para preparar la siguiente remesa.

Bajó las escaleras con paso vacilante, guiado en su niebla sentimental por los azulados testigos que — como si de una pista de aterrizaje sobre la realidad — lo protegían de los escalones traicioneros. Depositó el envoltorio de las palomitas con el recuerdo de las últimas imágenes y, nada más salir, se dio de bruces con el mundo.

Y ahí estaba. La publicidad, la música, la luz cegadora, la realidad inventada de un mundo artificial en contraste con el universo ficticio del cine que, a la postre, le parecía mucho más real. Massimo markt, pull and brown, media saturn, decath jack, springbear…

Intentó resistirse y meditó la última mirada del protagonista cuando avistaba la columna de humo ascender hacia el cielo negro de la campiña alemana. Fue en vano. Antes de entregar la VISA a la dependienta  ya había olvidado el mensaje y el sentido. Tenía que seguir viviendo.

Escrito por Jose

28 de Octubre, 2008 a las 10:52 am

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