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…un intento para registrar lo que acontece en la trastienda…

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En bici al trabajo…

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[artículo original en el diario la Verdad de Murcia]

Hay satisfacciones íntimas que uno no puede evitar buscar un día tras otro. No son vicios insanos ni actitudes inmorales; ni siquiera tienen que ver con la carne ni lo pecuniario. Para nada: los tiros van por otro sitio mucho más distante y claro.

Han sido muchos años de sentirme acosado, de salir con miedo por el asfalto, de mirar por el rabillo del ojo a ver si el energúmeno que lleva el motor rugiendo de caballos me va a reventar contra el quitamiedos o se va a conformar simplemente con peinarme la oreja mientras me rozo la pierna derecha con los matojos. Tanto tiempo sintiendo esa opresión que, en estos tiempos inciertos de obra pública desmedida, de aperturas y reaperturas de zanjas, de viales inconclusos y piezas gigantes del lego rojas y blancas cerrando caminos y, en definitiva, en estos tiempos en los que coger el coche es un suplicio, estoy viviendo la más dulce de las venganzas.

Cartel de la Marcha en Bicicleta. Fuente: Eubacteria.

Cartel de la Marcha en Bicicleta. Fuente: Eubacteria.

Como un ritual, todo comienza con puntualidad a las 14 horas. Saco mi bici del despacho y desciendo por el camino verde del Campus. Entre el jolgorio de los pájaros y el croar de las ranas del estanque se escuchan los cláxones y los frenazos que transmiten la impaciencia y la desesperación. Me paro para ajustarme la chaqueta porque hace fresco y atisbo entre los árboles el reflejo de decenas de ventanillas de coches parados y amontonados uno tras otro. En la Facultad de Educación salgo al vial, me cuelo entre unos y otros, los miro con suficiencia, sonrío feliz mientras el aire y el sol me dan en la cara y salgo hacia mi casa en vertiginoso descenso dejando tras de mí el atasco. Otro día más.

Marcha en bicicleta por el Campus de Espinardo. Fuente: Eubacteria.

Marcha en bicicleta por el Campus de Espinardo. Fuente: Eubacteria.

Y así es como tomo por cumplida mi venganza: gracias a la imprevisión de unos — los gestores — a la obcecación de otros — los conductores — y a la ausencia de alternativas — los responsables ahora somos ambos, los que votamos y los que gobiernan. De todos modos, pese al buen sabor de boca que llevo disfrutando en estos tiempos, para mí es muy triste comprobar como alguno de mis alumnos me mira como un bicho raro cuando subo en bici a darles clase. Aunque si lo pienso con más detenimiento, ese zagal que viene en el BMW de papá bien puede mirarme como un pringado. Está en su derecho, así como yo en el mío de disfrutar mucho más cuando lo sobrepaso en el atasco, sobre todo en el preciso momento en el que giro completamente la cabeza para que, desde su desesperación y tensión amarrado al volante, entrevea mi incipiente sonrisa.

Nota final para no abusar por generalizar: ni todos los alumnos suben en BMW — me consta que la mayoría sufren el 39 y otros se juegan el tipo pedaleando por carreteras y avenidas — ni todos los conductores pueden evitar estar atados a su coche. Pero a los que les toque, que empiecen a asumir su parte de responsabilidad, desde los que están atrapados en la ronda oeste durante una hora — presionen a los políticos, voten en blanco, cojan una bici — hasta los que piensan que una simple banda de pintura verde se convalida por un carril bici — y eso en el mejor de los casos, porque la tónica habitual es que nuestros gobernantes inauguren avenidas en el siglo XXI con 20 metros de sección transversal sin ni siquiera pintarrajear una mínima banda dedicada al carril bici. ¿Es que esta gente no ha viajado?

Escrito por Jose

10 de Noviembre, 2009 a las 5:14 pm

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Río 2016

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Desde que estuve en Río este verano tuve el presentimiento de que iba a salir elegida. Pasamos allí el tiempo suficiente para darnos cuenta de lo que es: un estupendo escenario natural en el que se interpreta la buena vida mientras que tras los decorados legiones de desarrapados, muertos de hambre, huérfanos y mendigos suplican por un pedazo de pan.

La mucama y sus equilibrios en el vacío haciendo la limpieza

En pleno mes de agosto me tocó ir a trabajar a Río. Parece un contrasentido: agosto, Río y trabajo, pero así es. Tomaba el taxi en el hotel para subir al IMPA, un instituto de matemáticas con mucho prestigio que se encuentra metido en plena selva, colgando de una de las laderas del Corcovado. El primer día pregunté si podía tomar un autobús para llegar hasta allí: me lo desaconsejaron tajantemente. “Olvídate del bus: no son seguros y hay que hacer varios transbordos”. Pues dicho y hecho, todos los días, en la puerta de mi hotel, estaba el taxi que me llevaba hasta el lugar de trabajo. Para cubrir una distancia de 6 kilómetros empleaba 45 minutos. Eso sí que es transporte público.

Cuando estábamos en la playa, cada pocos minutos se nos acercaba un vendedor de mates, de pareos, de cocas, de guaranás, de colgantes, de artesanía… eran incansables, con sus botes de mate de casi 40 kilos recorriendo Ipanema arriba y abajo, acumulando kilómetros, tapados hasta los ojos por el fuerte sol que debían soportar durante 12 horas. Eso son derechos laborales.

Turistas en Ipanema

Al atardecer, una legión de críos recogían las sombrillas y las sillas, las apilaban y las subían en carritos que ellos mismos empujaban hacia algunas cocheras próximas para luego esperar unas furgonetas que se los llevaran otra vez hasta las favelas. Mañana volverían otra vez a hacer la operación contraria: colocar las sombrillas y ganarse el jornal. Otros críos se dedicaban a recoger la basura de la playa: miles de latas que los turistas habían tirado. Las chafaban con una botella de plástico llena de arena y las guardaban en un saco de arpillera. El saco podría pesar sus 30 kilos, se lo echaban a las costillas y al camión para venderlas. Eso sí que es reciclaje y sostenibilidad.

En uno de los dos carriles bici de la ciudad que iba paralelo a Ipanema y Copacabana veíamos pasear a los ricos: muy contentos ellos llevaban cogidos por correa a sus pequineses, chihuahuas, yorkshires, todos muy puestos, perfectamente maqueados en cualquiera de las muchas peluquerías caninas que estaban en primera línea de playa. Un corte de pelo de perro podría ser el jornal que se ganaba un crío de la playa durante un mes. Eso es igualdad.

Por último, lo que más me llamaba la atención era que las tías y los tíos ricos estaban todos buenísimos. Unos cuerpos de vértigo, todo músculo, tabletas de chocolate, Cristianos Ronaldos por todos sitios, Giselles Bündchen por doquier, y así un sin vivir porque uno se ve la panza, las arrugas, la calva, la chepa y todo lo demás… Claro, estaban todos reventados a gimnasio, a hacer abdominales y dominadas, a romper las bielas de la bicicleta de tanto dar pedales, total: no tenían otra cosa que hacer. Para comer ya estaban los pobres haciéndoles el guiso, las limpiadoras dejándoles la cama hecha y los peones arreglándoles la carretera. Eso es espíritu olímpico.

Con estas credenciales, era natural que Río fuera la elegida.

Escrito por Jose

3 de Octubre, 2009 a las 9:25 am

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Fichajes y otros culebrones veraniegos

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El fútbol, como deporte, es muy respetable. Me gusta ver el fútbol cuando salen partidos buenos, también cuando juega mi equipo y acaba ganando, aunque sea por un gol de rebote en el culo del contrario. Disfruto mucho también jugando, o más bien disfrutaba, porque hace tiempo que no tengo cuerpo de futbolista y las piernas se me van cada una para un lado diferente.

Me gusta el fútbol, pero me caen mal los futbolistas. Bueno, rectifico: quizás no son los futbolistas los que me caen mal, quizás sean los periodistas que cubren la información relativa a ellos. No me gusta nada que los tengan tan mimados, tan malcriados. Eso de que reciban primas millonarias cuando van a la selección y ganan títulos — ahora que ganan, porque antes se llevaban también primas por llegar a cuartos — no lo llevo nada bien.

Otra cosa que me enciende es cuando dicen lo de que están cansados. Eso se lo pueden preguntar a los de la NBA que juegan 3 partidos a la semana con 5000 kilómetros de distancia de por medio. Y claro, también me fastidia lo de la presión, que tienen mucha presión. Preguntadle a un tenista como puede gestionar la presión cuando tiene que salvar un match-ball y su(s) ganancia(s) dependen de un punto, no como el futbolista que funciona con contratos fijos con independencia de que cuele la pelotita o no.

Pero por encima de todo, me revienta que todos los veranos, los insoportables noticieros deportivos se descuelguen con minutadas acerca de si viene tal tío o se va este otro. Que sí, que sí, que si me fastidia pues entonces que quite la televisión  o que cambie de canal… pero es que es en todos, y a mí me gustan las noticias deportivas siempre y cuando sean eso, noticias y no culebrones.

Ya lo he dicho por aquí alguna vez pero la palma se la llevan, como casi siempre, los de A3TV. Entre sus deportes y el brasa de Brasero en la meteo, se cubren de gloria.

Escrito por Jose

22 de Julio, 2008 a las 8:39 pm

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Oposiciones

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Pese a no estar involucrado directamente en ellas, el entorno habitual en el que me muevo está pasando un mes malo.

Hay muchas cosas que se podrían decir de estos exámenes. A mí, lo primero que se me ocurre es que generan demasiada presión. Hay una presión absoluta en la que el opositor, ante el carácter casi “divino” del premio — la plaza — no puede soportar el pensamiento de no ganarla.

Aún así, creo que es mucho peor la presión relativa: me refiero a la que tiene más que ver con el hecho de que uno no se presenta solo. Y no estoy hablando de tener que competir con otros — menuda obviedad, para eso es una oposición. Quiero decir que, normalmente, además de nosotros, son otros amigos, conocidos y familiares los que se presentan y, generalmente, no concurren a la misma especialidad. 

Inevitablemente uno siente esa presión, la presión de que no sólo es doloroso quedarse sin plaza, sino que lo es mucho más porque otros que conocemos quizás la han ganado. Y es que somos humanos, humanos y limitados y, pese a que nos alegramos — o entristecemos, según la afinidad que nos una con los afortunados — también nos miramos al ombligo, y duele verse fuera del “divino funcionariado”.

No tengo muchas recetas para superar estos trances. No las hay. Estar opositando es un marrón durísimo, sobre todo porque hay una sensación generalizada de estar a merced de muchas variables aleatorias que, por definición, apenas controlamos.

Y eso es difícil de llevar, sobre todo cuando uno se está jugando las habichuelas y el futuro, todo el futuro que tal vez depende de una norma esquizofrénica, un baremo injusto, una bola caprichosa o un tribunal que también es humano y se equivoca.

Suerte.

Escrito por Jose

16 de Julio, 2008 a las 8:25 pm

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