lAcajaNEGRA

…un intento para registrar lo que acontece en la trastienda…

Puesta de sol

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He encon­trado el último rayo de luz del día justo cuando salía a reco­ger leña para el fuego. Tras varios días de nubes y oscu­ri­dad, de regreso del invierno, hoy la borrasca se ha des­pla­zado al norte y el sol ha comen­zado a ras­gar el velo húmedo del frío. Des­pués de un día tibio y soño­liento, al atar­de­cer, jus­ta­mente con el ángulo pre­ciso, la luz ha encon­trado una vía cer­tera para alcan­zar la sie­rra, para espar­cir los colo­res al cielo y defi­nir sus con­tor­nos alomados.

En el pri­mer plano, unas flo­res nue­vas de los pera­les y los melo­co­to­ne­ros. Y así, entre la cali­dez del último reflejo, la ale­gría de los colo­res de la vida y el frío azul cobalto de la noche inci­piente me he despedido.

Hasta mañana.

Escrito por José Antonio Pastor González

12 de Marzo, 2011 a las 8:59 pm

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Eventos fronterizos

un comentario

A mis alum­nos les explico que un evento es algo que sucede en un deter­mi­nado lugar del espa­cio y el tiempo. Hará ya tres años que no olvido el que acon­te­ció en el punto kilo­mé­trico x de la A92N camino de Baza. ¿Cómo borrar su ima­gen agi­tando los bra­zos y corriendo por el arcén?

Tal y como si estu­viera aquí, delante de mis ojos, toda­vía vis­lum­bro la recta infi­nita de la auto­vía cuyas líneas con­ver­gen hacia las nor­tes más umbro­sas de la Sie­rra de Baza. En con­traste con los tonos apa­ga­dos del bos­que se recorta la silueta de su blusa anaranjada.

Para­mos el coche, baja­mos mar­chas y nota­mos el ali­vio de quie­nes nos sobre­pa­san por la izquierda. Supongo que les esta­mos dando la coar­tada nece­sa­ria para esqui­var este encuen­tro en las alambradas.

Nada más echar el freno de mano la mujer apo­rrea los cris­ta­les. Abro la por­te­zuela e intento mirarla a los ojos sin encon­trar nada. Grita, pide ayuda, repite una y otra vez las mis­mas con­sig­nas como en una ora­ción desesperada.

La abrazo con fuerza mien­tras la cerco con­tra el qui­ta­mie­dos. Pala­bras de ánimo, de tran­qui­li­dad, de espe­ranza, pala­bras hue­cas con cás­cara que rebo­tan y se hacen añi­cos con­tra su cabeza cortocircuitada.

Pasan los minu­tos y reparto mis esfuer­zos en man­te­nerla ale­jada del con­ti­nuo trá­fico mien­tras avi­sa­mos al 112. El tiempo se hace eterno, los argu­men­tos débi­les, los bra­zos ten­sos que ape­nas pue­den sos­te­ner su torso tem­blo­roso y el arreón de los espas­mos que, en olea­das de dolor, le traen a su con­cien­cia nublada la cer­teza de que la vida ya no va a ser jamás la misma.

Y cuando la ola ya disipó su mala ener­gía, enton­ces viene la resaca, el aba­ti­miento, la cabeza aga­chada que se apoya sobre el hueso de mi cla­ví­cula moján­dome con lágri­mas den­sas como el aceite.

Giro la cabeza y com­pruebo como la nie­bla se levanta del valle y, en el cam­bio de rasante, aso­man las pri­me­ras luces de la ambu­lan­cia. Siento un ali­vio inmenso por vis­lum­brar la salida a este infierno, acti­tud cruel y egoísta la mía frente a quien única­mente se encuen­tra a sus puertas.

Por fin uno de los enfer­me­ros me libera de la carga y puedo regre­sar a mi coche. Camino des­pa­cio y con dudas. Miro otra vez hacia atrás, hacia la mujer que ahora está alo­jada en la parte tra­sera de la ambu­lan­cia mien­tras recibe los con­se­jos y la asis­ten­cia de per­so­nas que están pre­pa­ra­das para estos encuen­tros fron­te­ri­zos. Ando un par de pasos más y, sin saber por qué, me detengo.

Allí delante, a esca­sos metros, me espe­ran den­tro del coche para con­ti­nuar el viaje. Sin embargo, doy media vuelta. Nece­sito saber más, mirar a la cara a ese mons­truo que está espe­rán­dome al otro lado de la alambrada.

Sobre­paso la fur­go­neta sinies­trada len­ta­mente hasta que veo sus pies. Uno de los zapa­tos ha volado dece­nas de metros. No veo san­gre. No la hay. Tan sólo un cuerpo dor­mido, aun­que en una posi­ción tan for­zada que jamás podría alber­gar sueño alguno.

En sus cade­ras retor­ci­das con res­pecto al tronco asoma la cabeza del fémur des­ga­rrada del isquión. Para mí ya es sufi­ciente. Regreso a mi coche. Supongo que nece­si­taba verlo con mis pro­pios ojos para reco­no­cer las fal­sas espe­ran­zas que había estado insu­flando en el ánimo de aque­lla mujer.

Cuando paso a la altura de la ambu­lan­cia la miro por última vez. Ahora tiene la cabeza gacha, los bra­zos aba­ti­dos y el cuerpo laxo por el efecto de algún medi­ca­mento mila­groso. Cie­rro los ojos e intento olvi­dar los pos­tes, el alam­bre de espino y los jiro­nes de la carne engan­cha­dos en las estre­llas oxidadas.

Pero no puedo.

Escrito por José Antonio Pastor González

6 de Octubre, 2010 a las 12:11 pm

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Fascinado por el discurso matemático, todavía no comprendo hasta qué extremo puede la razón satisfacerse…

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Me resulta extraño el hecho de que el hom­bre no haya asi­mi­lado la gran ver­dad gra­cias al poro de nues­tra mente. Es curioso, pues la razón humana es pode­rosa y fuerte; al menos, así lo siento yo cuando nues­tra inte­li­gen­cia racio­nal dibuja pre­cio­sos y per­fec­tos mun­dos, espa­cios ima­gi­na­rios de com­pleja arqui­tec­tura y, sin embargo, ape­nas es capaz siquiera de jus­ti­fi­carse en el que vive.

Esto me sugiere algo deci­sivo, a saber, que la cues­tión de la ver­dad es un pro­blema de solu­ción vital. No creo poder ele­gir mejor expre­sión para desig­nar este asunto que nos trae­mos entre manos. Solu­ción vital por­que es algo que no se aca­para ni obtiene en un momento sin­gu­lar, sino que se hace y fabrica con­forme uno avanza en la sinuosa curva de sus pro­pios días. En otros tér­mi­nos, esta solu­ción se va obtie­niendo — impo­si­ble des­ti­larla por com­pleto — de forma lineal y con­ti­nua, en apro­xi­ma­cio­nes cada vez más finas, de suerte que jamás se alcanza de forma explí­cita y mucho menos mar­cada en un ins­tante con­creto del calendario.

Así, solu­ción vital es una insa­tis­fac­ción satis­fe­cha siem­pre de forma imper­fecta, una bús­queda a muy largo plazo que jamás cul­mina y, si alguien se apro­ximó a esa ver­dad y la rondó cerca, seguro que ésta no se le pre­sentó fría e insí­pida cual resul­tado de inves­ti­ga­cio­nes rigu­ro­sas y serios pro­ce­sos men­ta­les; podría apos­tar mi pellejo a que ese feliz hom­bre que reci­bió su luz y la mirada de sus ojos en los días más altos de su exis­ten­cia se pasó todos los siguien­tes redes­cu­brién­dola, mirán­dola y aprehen­dién­dola desde sus infi­ni­tas pers­pec­ti­vas, cau­ti­vado por sus ili­mi­ta­dos sabo­res. Con segu­ri­dad, a veces se le esca­pa­ría algún matiz, pero pronto vol­ve­ría a encon­trar sus hue­llas leves sobre la arena.

Intuyo que esa gran ver­dad debe ser algo tan incon­men­su­ra­ble que uno puede pasarse toda su exis­ten­cia embria­gado por los dis­tin­tos per­fu­mes que en cada hora exhala. Y claro, por ello estoy hablando de solu­ción vital: por­que es gra­cias a la vida, desde la vida, y desde la exclu­si­vi­dad pro­pia e íntima de la nues­tra como la per­ci­bi­mos: inten­tando cada día hacer­nos mucho más gran­des y atentos.

El cono­ci­miento de este vasto pai­saje se per­fila gra­cias a este enig­má­tico viaje que es nues­tro dis­cu­rrir por las esqui­nas y alam­bra­das de este mundo. El caso es que, cier­ta­mente, creo que ese es nues­tro fin: el cono­cer y mimar el abso­luto de forma asin­tó­tica, aca­ri­ciarlo en el límite y sen­tir su tan­gen­cia en el punto del infi­nito. Y todo eso incluye que­rer y sen­tir, llo­rar y hacer, fabri­car y cre­cer junto a los seres con los que desea­mos converger.

Pues así de difí­cil y com­pli­cado es reca­larse de sabiduría

Escrito por José Antonio Pastor González

5 de Octubre, 2010 a las 9:50 am

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El tiempo de la montaña

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Circuns­tan­cias nada impor­tan­tes de la vida me han lle­vado hoy hasta la mon­taña. Dejé mi coche en la última len­gua de asfalto y hace ya horas que sólo me acom­paña la hierba, el rumor de la corriente que supera el collado y la irre­ve­rente pro­testa de las cor­ne­jas cuando las espanto.

Hoy vivo, pues, una reali­dad dife­rente y estanca a las esce­nas habi­tua­les de for­mu­la­rios, veci­nos y empu­jo­nes. Por ejem­plo, puedo per­mi­tirme el lujo de emplear media hora de mi tiempo — según las uni­da­des con­ven­cio­na­les del tiempo de ciu­dad — para deci­dirme en una bifur­ca­ción de dos carri­les. Miro mapas, oteo seña­les, busco refe­ren­cias y marco loca­li­za­cio­nes. Así que mien­tras en este mundo me paso un buen rato, en el otro, justo en el cruce del semá­foro de Ronda Norte con la Plaza Cir­cu­lar, el disco color rojo se habrá encen­dido 60 veces — dos por minuto — atra­pando a 1200 conductores.

Resulta pues, curioso, la gran carga de exas­pe­ra­ción que pue­den caber en mis 30 minu­tos — medi­dos en las uni­da­des de tiempo de ciu­dad, por supuesto — que aquí en la mon­taña ape­nas trans­cu­rrie­ron. Todo un uni­verso se estresa mien­tras puedo per­mi­tirme el lujo de pen­sar sin ser atro­pe­llado por el coche que espera detrás.

El caso es que no sé por qué estoy pen­sando estas cosas. Me encuen­tro con un buen prado y unos tor­na­jos donde paro para comerme el boca­di­llo sobre la hierba. Cuesta tra­bajo mas­ti­car este jamón tan duro pero no hay pro­blema: me entre­tengo adi­vi­nando nom­bres de colla­dos y cor­ti­jos a la vez que marco rum­bos ima­gi­na­rios en el mapa que inves­tigo con los ojos. Si tuviera pri­sas para entrar a una reunión este boca­di­llo habría aca­bado con­migo: un trozo de ten­dón se me habría atra­ve­sado en la gar­ganta hasta dejarme sin aire.

Pero no es éste el día para dejar de res­pi­rar; al con­tra­rio, pre­ci­sa­mente hoy puedo recrearme en mas­ti­car sin ago­bios, en sabo­rear el bote de cer­veza, en recli­narme sobre mi mochila rela­jando los riño­nes, todo eso mien­tras en la auto­vía de ronda oeste sopor­tan otro atasco y las caje­ras del super­mer­cado se han que­dado sin cam­bio pre­ci­sa­mente cuando la cola era más larga.

Lo más seguro es que mien­tras recojo mis cosas y apaño las sobras en un pocete para que hagan buena cuenta de ella los zorros y los pája­ros se hayan cerrado muchos nego­cios impor­tan­tes en las mesas mejor posi­cio­na­das de los res­tau­ran­tes del cen­tro. Sí, segu­ra­mente sea así. Y de esta forma, mien­tras que la gente que orga­niza las cosas del mundo pasan a los cafés y los puros yo debo con­ti­nuar mi camino entre el barro y las piedras.

Antes de con­ti­nuar miro fija­mente las flo­res nue­vas del prado y me vie­nen a la cabeza todas las imá­ge­nes de esta Sie­rra con sus sen­das de pie­dra, las eras impo­si­bles expues­tas a los vien­tos, la vaca des­pis­tada que se duerme en los puer­tos y el cor­tijo des­ha­bi­tado a punto de caerse. Todas estas cosas son las que me hacen pen­sar en cómo de dife­rente es aquí el tiempo en rela­ción al tiempo de los relo­jes caros, los hora­rios den­sos reple­tos de even­tos deci­si­vos, los infor­mes car­ga­dos de pape­les y los están­da­res que fijan las nor­mas ISO para alcan­zar las garan­tías de calidad.

No quiero que pen­séis que soy un inge­nuo mien­tras escribo estas líneas; que esto es la típica defensa del campo frente a la ciu­dad. ¡Qué va! Tengo claro que cuesta un tra­bajo casi infi­nito abrir sur­cos en estos eria­les de pie­dra cuyos pobla­do­res jamás cono­cie­ron el trigo por­que única­mente podían sem­brar cen­teno. Eso no podía ser del todo bueno. Como tam­poco era sen­ci­llo vivir en este lado de acá, con el hori­zonte cerrado por la nieve, ocul­tos en las venas de la mon­taña y a la vez expues­tos a la mise­ria y el invierno. No podía ser bueno tener que parir en estas sole­da­des y sufrir enfer­me­da­des ale­ja­dos de cual­quier médico. Otro mundo. Otro tiempo. Otra velocidad.

Y aún así, no puedo evi­tar la com­pa­ra­ción, cali­brar la dife­ren­cia, obser­var cómo en este mundo de la mon­taña sus mora­do­res eran maes­tros en eco­no­mía solar, en el reci­claje, en la efi­cien­cia, en el apro­ve­cha­miento, cua­li­da­des impres­cin­di­bles que hemos olvi­dado en el mundo del asfalto en el que reina el dis­pen­dio, la gruesa con­ta­bi­li­dad y la noción con­tro­ver­tida de pro­greso, idea que se sos­tiene incluso aun­que viva­mos en cre­ci­miento negativo.

Mien­tras con­verso con el pas­tor de la Aspe­ri­lla ambos nos mira­mos aten­ta­mente. Él sopesa mis pre­gun­tas y qui­zás me tome por un loco de ciu­dad, de esos que nece­si­tan esca­parse de vez en cuando. Posi­ble­mente esté en lo cierto. Ade­más sabe que yo hoy vuelvo al mundo de los altos edi­fi­cios y los cie­los sin estre­llas, al ámbito de las redes inalám­bri­cas y las tar­je­tas de cré­dito mien­tras que a él le espera el canto del auti­llo y el jer­gón junto a la lum­bre. Qui­zás se levante de madru­gada por­que por fin regresa la vaca que se le subió a la divisoria.

Este pas­tor que me mira de reojo ignora que apre­cio su tiempo lento de lisa cro­no­lo­gía y conoce que ambos mun­dos gene­ran tris­te­zas y dis­fun­cio­nes. Nada tiene que envi­diarme pues. De nada tengo yo que com­pa­de­cerle pues.

La luz está cerrán­dose tras la Cabri­lla y camino del embalse de San Cle­mente me cruzo con tres abue­las. Está refres­cando, los ven­tis­que­ros se ponen más blan­cos al con­tra­luz del atar­de­cer y las corrien­tes des­cien­den por las vagua­das tra­yendo con­sigo el aliento de las nie­ves. Les digo bue­nas tar­des y ellas me con­tes­tan ama­bles. Y me siguen el paso mien­tras nego­cio las últi­mas cuestas.

Si ellas no miran su tiempo qui­zás yo deba empe­zar a apren­der a no estar tan atento al mío. Qui­zás sólo deba apre­ciar que la noche cae y que debo bus­carme pronto el cobijo del frío. Que así sea.

Escrito por José Antonio Pastor González

29 de Abril, 2010 a las 10:32 am

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